Pero
en ese tiempo era lo que podía decirse una marica
mala, de temer. Ella me contestó, mirándome
a los ojos (hasta ese momento tenía la cabeza
metida entre las piernas del morocho y, claro, estaba
en la penumbra, muy bien no la había visto):
"¿Cómo? ¿No me conocés?
Soy Evita". "¿Evita?" -dije, yo
no lo podía creer-. "¿Evitas vos?"
-y le prendí la lámpara en la cara.